Hay algo muy especial en ser médico. No estoy seguro de poder afirmar que se relaciona con el sueño de serlo desde edad mas o menos temprana, los 12, 16 años, tal vez. Lo cierto es que al evocar mis primeros días como estudiante de medicina encontré que una buena cantidad de compañeros de curso habían soñado y seguían soñando cómo sería ser médicos. Expresábamos causas diversas, casi todas relacionadas con el servicio, la vocación, el deseo de ayudar a los demás; casi todas ellas se acompañaban de mucha curiosidad por conocer, saber, entender cómo es el cuerpo humano por dentro, cómo funciona, porqué… Y a medida que pasaba el tiempo y nos adentrábamos en las clases que nos permitirían conocer todo eso, así fuera parcialmente, podía sentir la curiosidad algo satisfecha, pero nunca verdaderamente satisfecha. El camino fue duro. No era suficiente el pensamiento abstracto adquirido antes; había que desarrollar una capacidad de abstracción que permitiera imaginar el microcosmos del funcionamiento de la bioquímica y cómo sus procesos hacen funcionar el cuerpo de los seres vivos. Desde una hoja o una finísima y delgada capa de cebolla vistas al microscopio para compararlas luego con las células humanas. Todo en las 2 insuficientes dimensiones que permite ver el microscopio, pues los cuerpos son tridimensionales. Entender cómo la ciencia, curiosa e imaginativa, había venido descifrando esos misterios en cabeza de médicos estudiosos, curiosos e imaginativos; nunca satisfechos con la tradición ni con los mitos populares o de la alta sociedad ni de las explicaciones religiosas. Todo esto exige horas y horas de estudio, de trasnocho, de pretender aprender y entender. No es fácil. El primer ser humano al que el estudiante de medicina se enfrenta está muerto: es el cadáver de alguien que, seguro, no sabía que iba a terminar allí, en generosa entrega para que respetuosamente, quienes fuimos delegados por la sociedad para trabajar por la salud, contra la enfermedad de nuestros semejantes, aprovechásemos sus despojos mortales para entrar en el camino del conocimiento y la comprensión de la vida, para mantenerla dignamente. ¡Qué paradoja! Y después ese pichón de médico, como nos dicen cuando estamos en la práctica clínica, se enfrenta a los vivos. A personas con sentimientos, con necesidad de afecto, de aliviar un dolor, con miedo a morir, con odio o tranquilos, cuando desconocen sus afecciones. Esos años, que ocupan la segunda mitad de los estudios de pregrado, exigen al pichón el aprendizaje de las relaciones humanas, casi nunca bien enseñado ni dirigido, como apenas ocurre hace poco en algunas facultades de medicina. Puede ser que en el camino encontrásemos un ejemplo a seguir, un profesor a quien emular con quien nos identificamos de alguna forma e hicimos una corta pero fuerte amistad; y esa persona, con su ejemplo, sin consejos, nos dio el empujón y la luz adicional necesaria para tratar de hacer las cosas bien. Así que el pichón echa mano a sus valores aprendidos en familia, colegio y universidad. Y sale al mundo. Un mundo que en Colombia fue cortado en dos en la salud, como un machetazo corta la caña de azúcar o el hacha del carnicero parte en dos el espinazo del cerdo o la res.

Todo cambió. Desde 1993 el mundo de la medicina es otro. La práctica profesional no es igual. Los enfermos son de primera, segunda o tercera categoría y acorde a ello su póliza de aseguramiento varía, reflejando una sociedad dividida en clases. Cuanto pagas, cuanto recibes. Es la lógica del negocio y el sistema de salud actual es un negocio con ánimo de lucro, en manos privadas desde que sacaron del ámbito sanitario al Instituto de Seguros Sociales y las Cajas de Previsión que, al no tener ánimo de lucro, regulaban el mercado del aseguramiento. Y la lógica del negocio exige plata. Por eso, en localidades como El Bagre, pobres o empobrecidas por la violencia en su economía y en su cultura, en sus valores y en las relaciones entre las personas, el negocio es malo, todo tiende a resolverse con violencia y se crean nuevos mitos. Entre mas atrasada sea culturalmente, más fácil presa será de impulsos básicos, de bajos instintos, de reacción sin reflexión. ¿El resultado? Mas violencia. ¿Contra quien? Contra el mas visible: el médico. El que atiende a la gente. Esa gente que con su pensamiento primario, mágico y violento no se detiene a pensar ni a reflexionar en la complejidad de una decisión médica, en el estado de una enfermedad y sus consecuencias. ¡No! Esas gentes crean un mito dual: o que el médico es un mago que todo lo puede hacer, o que es un personaje maléfico, responsable de todo el caos del sistema dizque de salud. Y ese médico mítico, las enfermeras y los demás trabajadores de la salud, serán presa de la violencia, desde la agresión verbal hasta la muerte. Fue esa combinación de violencia que cargamos los colombianos y el desmedido afán de lucro de los dueños del sistema lo que mató a Cristian Camilo.

SERGIO ISAZA VILLA, M. D. – PEDIATRA